Harry x Draco - El Caliz de Fuego
El Gran Comedor estaba más ruidoso que nunca aquella noche de otoño.
La noticia del Torneo de los Tres Magos había convertido a Hogwarts en un hervidero de rumores, apuestas y nervios.
Harry apenas probaba la comida.
Desde que su nombre salió del cáliz, las miradas lo seguían a todas partes. Algunas admiradas. Otras desconfiadas. Muchas hostiles.
Y, extrañamente… una particularmente insistente.
Draco Malfoy.
Harry lo notó desde el extremo de la mesa de Slytherin. Draco fingía escuchar a Crabbe y Goyle, pero cada pocos segundos sus ojos grises regresaban a él.
No era la primera vez.
Todo había empezado el año anterior.
Tercer Año — Después del partido bajo la tormenta
Draco jamás admitiría que algo cambió aquella noche.
El partido Gryffindor contra Hufflepuff había sido un desastre lluvioso, con relámpagos iluminando el estadio y dementores rodeando el campo. Cuando Harry cayó de su escoba, Draco se había reído junto a todos.
Eso era lo que debía hacer.
Era Harry Potter.
Su rival.
El niño arrogante que siempre parecía robarse toda la atención.
El Gryffindor perfecto.
Pero cuando vio a Harry desplomarse desde aquella altura…
el corazón se le detuvo.
No lo entendió entonces.
Solo supo que aquella imagen lo persiguió semanas enteras.
Y después vinieron pequeños detalles imposibles de ignorar:
La forma en que Harry se acomodaba el cabello tras los entrenamientos.
La intensidad con la que defendía a sus amigos.
La manera absurda en que sonreía cuando ganaba un partido.
Draco odiaba haber empezado a notar esas cosas.
Así que decidió enterrarlo.
Se volvió más cruel. Más sarcástico. Más insoportable con Harry.
Porque si seguía peleando con él… nadie sospecharía nada.
Ni siquiera él mismo.
Cuarto Año
—Potter, ¿planeas morir en la primera prueba o solo quieres llamar la atención? —dijo Draco una tarde en los terrenos.
Harry levantó la vista del libro que fingía estudiar.
—¿Viniste hasta aquí solo para insultarme?
—Tal vez.
El viento frío movía la túnica negra de Draco. Había algo extraño en él últimamente. Ya no tenía aquella sonrisa burlona permanente. Sus insultos sonaban… más suaves.
Casi vacíos.
Harry frunció el ceño.
—¿Qué quieres, Malfoy?
Draco dudó un segundo.
Eso solo ya era raro.
—Los dragones son rápidos cuando giran hacia la izquierda —murmuró finalmente—. La mayoría de los buscadores reaccionan tarde.
Harry se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Draco retrocedió de inmediato, como si se hubiera arrepentido.
—Olvídalo.
—Espera… ¿me estás ayudando?
—No seas ridículo, Potter.
Pero sus mejillas estaban ligeramente rojas.
Y Harry lo notó.
Después de la primera prueba, Draco no pudo evitar sentir alivio cuando Harry salió vivo.
Se odiaba por eso.
Desde las gradas había sentido verdadero miedo.
Pansy Parkinson lo observó de reojo.
—Estás actuando raro con Potter.
—Cállate.
—¿Te preocupa?
Draco apretó la mandíbula.
—Preferiría lanzarme desde la torre de astronomía antes que preocuparme por Potter.
Pansy sonrió lentamente.
—Claro.
Harry, por otro lado, no sabía qué pensar.
Porque Draco seguía siendo insoportable frente a los demás… pero cuando estaban solos, era distinto.
Menos cruel.
Más callado.
Casi nervioso.
Y Harry empezaba a darse cuenta de algo peligroso:
Le gustaba descubrir esas versiones ocultas de Draco.
Una noche de diciembre, después de una discusión especialmente amarga con Ron, Harry salió solo hacia el patio del reloj.
No esperaba encontrar a Draco ahí.
La nieve caía lentamente alrededor de él.
—¿Te escondes del club de fans? —preguntó Draco sin mirarlo.
Harry soltó una risa seca.
—Algo así.
Hubo silencio.
Un silencio raro. Cómodo.
—Todos creen que quise participar —murmuró Harry al final—. Pero no fue así.
Draco lo observó entonces.
Y por primera vez en años… vio cansancio en Harry Potter.
No fama.
No arrogancia.
Solo un chico agotado.
—Yo te creo.
Harry parpadeó sorprendido.
Draco apartó la mirada inmediatamente, como si hubiera dicho demasiado.
Pero ya era tarde.
Porque algo cambió entre ellos esa noche.
Algo pequeño.
Algo peligroso.
Algo que ninguno de los dos sabía detener.
La noticia del Baile de Navidad cayó sobre Hogwarts como una explosión.
Las chicas corrían emocionadas por los pasillos.
Los chicos fingían no interesarse mientras entraban en pánico internamente.
Y Harry Potter estaba viviendo una pesadilla.
—Solo invítala, Harry —dijo Hermione exasperada en la biblioteca—. No es una misión suicida.
—Hablas como si fuera fácil.
—Literalmente luchaste contra un dragón.
—Eso fue más sencillo.
Hermione soltó un suspiro cansado.
Desde otra mesa, Draco observaba la escena fingiendo leer un libro.
Aunque llevaba diez minutos sin pasar de página.
Pansy levantó una ceja.
—Estás mirando demasiado.
—No estoy mirando.
—Ajá.
Draco cerró el libro de golpe.
Porque el problema era ese:
Harry se veía… bien últimamente.
Demasiado bien.
Después de la primera prueba, Hogwarts entero parecía mirarlo distinto. Más seguro. Más maduro. Incluso las ojeras bajo sus ojos le daban cierto aire melancólico que Draco odiaba encontrar atractivo.
Y el uniforme de gala no ayudaría en absoluto.
Maldita sea.
El baile
Cuando Harry apareció en el Gran Comedor aquella noche, Draco olvidó respirar.
La música llenaba el salón. Las velas flotaban como estrellas doradas sobre las mesas desaparecidas. Todo parecía salido de un sueño.
Pero Harry…
Harry se veía irreal.
El cabello negro ligeramente despeinado. La túnica elegante cayendo sobre sus hombros. Los lentes reflejando las luces cálidas del salón.
Draco sintió el pecho tensarse.
Cedric Diggory pasó junto a Harry riendo y colocó una mano en su espalda para guiarlo.
Y algo oscuro y desagradable atravesó a Draco de inmediato.
Celos.
Puros y horribles celos.
—Oh —murmuró Pansy a su lado—. Ya entendí.
Draco la fulminó con la mirada.
—Ni una palabra.
—Te gusta Potter.
—Prefiero besar un dementor.
—Eso no sonó muy convincente.
Harry intentó disfrutar la noche.
En serio lo intentó.
Pero cada vez que levantaba la vista encontraba a Draco mirándolo desde el otro extremo del salón.
Y no era una mirada burlona.
Era intensa.
Demasiado intensa.
Harry terminó alejándose del ruido hacia uno de los balcones nevados del castillo.
Necesitaba aire.
El frío golpeó su rostro inmediatamente.
—Escapando del baile, Potter? —dijo una voz detrás de él.
Harry no se sorprendió al verlo.
Draco apoyó los brazos en la barandilla junto a él.
Por unos segundos ninguno habló.
Solo nieve cayendo.
Música lejana.
Respiraciones visibles en el aire helado.
—Pensé que te gustaban este tipo de eventos —comentó Harry.
—Solo vine porque mi madre habría enviado una lechuza insultándome si no lo hacía.
Harry soltó una pequeña risa.
Y Draco sintió algo peligrosamente cálido en el pecho.
Merlín.
Le gustaba hacer reír a Harry.
Eso era un problema enorme.
—Bailaste bien —dijo Draco antes de pensar.
Harry giró sorprendido.
—¿Acabas de halagarme?
Draco pareció horrorizado consigo mismo.
—No te acostumbres.
Harry sonrió apenas.
Y Draco tuvo que apartar la mirada porque, honestamente, iba a perder la cabeza.
El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Eso también era nuevo.
Harry observó la nieve caer sobre el jardín.
—A veces siento que todo esto va demasiado rápido.
Draco lo miró de reojo.
—¿El torneo?
—Todo.
Había algo vulnerable en la voz de Harry que hacía imposible responder con sarcasmo.
—No tienes que demostrarle nada a nadie, Potter.
Harry lo observó sorprendido otra vez.
Draco estaba empezando a hacer eso mucho: decir cosas sinceras sin darse cuenta.
Y era peligroso.
Porque Harry comenzaba a esperar esas pequeñas grietas en su armadura.
Cuando regresaron al salón, Rita Skeeter apareció interceptándolos.
Su sonrisa era venenosa.
—Qué interesante… Potter y Malfoy juntos. Eso sí sería un titular.
Draco se tensó inmediatamente.
Harry también.
—Déjanos en paz —gruñó Harry.
—Oh, vamos, querido. La rivalidad intensa siempre esconde algo más interesante…
Draco sintió el corazón detenerse un segundo.
Pero Harry dio un paso al frente antes de que Rita pudiera seguir hablando.
—Buenas noches, Rita.
La forma firme en que Harry lo apartó de la situación dejó a Draco extrañamente aturdido.
Como si lo hubiera protegido.
La segunda prueba
Las semanas siguientes trajeron entrenamientos, estrés… y más encuentros inesperados.
Draco aparecía cada vez más seguido cerca de Harry.
A veces en la biblioteca.
A veces en los terrenos.
A veces simplemente caminando a su lado unos minutos antes de fingir que era coincidencia.
Y Harry empezaba a reconocer algo:
Draco buscaba excusas para estar cerca.
La noche antes de la segunda prueba, Harry no podía dormir.Terminó sentado solo en una aula vacía intentando entender las pistas del huevo dorado.
—Eres terrible resolviendo acertijos.
Harry casi se cayó de la silla.
—¡Malfoy!
Draco cerró la puerta detrás de él.
—Relájate.
—¿Qué haces aquí?
—Prefecto. Inspección nocturna.
—Mentiroso.
Draco sonrió apenas.
Y Harry sintió un extraño calor en el estómago.
Draco caminó lentamente alrededor del aula observando el huevo dorado.
—Escuché rumores sobre la prueba —dijo en voz baja—. Agua.
Harry levantó la vista.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque sé escuchar.
Harry lo observó unos segundos.
Draco realmente estaba ayudándolo.
Otra vez.
—¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente.
Draco se quedó quieto.
La respuesta real era imposible de decir.
Porque estaba cansado de verlo agotado.
Porque odiaba verlo solo.
Porque cada vez que Harry sonreía sentía que algo dentro de él se desordenaba completamente.
Pero solo dijo:
—Tal vez no quiero que mueras antes de poder ganarte en un duelo justo.
Harry rió suavemente.
Y Draco pensó, con absoluto terror, que podría acostumbrarse demasiado a ese sonido.
La segunda prueba - El Lago Negro
El lago negro parecía más oscuro que de costumbre.
El viento helado golpeaba las gradas mientras estudiantes de todas las casas observaban nerviosos a los campeones prepararse para entrar al agua.
Harry intentaba concentrarse.
Pero algo lo distraía.
Draco Malfoy estaba demasiado cerca de la orilla.
Y se veía preocupado.
Realmente preocupado.
No tenía esa expresión arrogante habitual. Sus brazos estaban cruzados con fuerza y sus ojos grises seguían cada movimiento de Harry como si esperara que algo terrible ocurriera.
Harry alcanzó a mirarlo justo antes de sumergirse.
Draco sostuvo su mirada apenas un segundo.
Luego asintió lentamente.
Como diciendo vuelve vivo.
Y Harry odiaba cuánto le afectó eso.
El agua congelada lo envolvió por completo.
Las tareas, las sirenas, el pánico… todo se volvió confuso demasiado rápido.
Pero cuando finalmente emergió con Ron y Gabrielle, jadeando y exhausto, lo primero que escuchó fueron los gritos de la multitud.
Y lo primero que buscó…
fue a Draco.
Lo encontró entre los estudiantes de Slytherin.
Y aunque Draco intentó ocultarlo de inmediato, Harry alcanzó a ver el alivio absoluto en su rostro.
Un alivio tan genuino que hizo que el pecho de Harry se sintiera extraño.
Esa noche, Hogwarts entero celebraba la prueba en el Gran Comedor.
Harry apenas escuchaba las conversaciones.
Cada vez que levantaba la vista encontraba a Draco observándolo desde la mesa de Slytherin.
Ya no parecía accidental.
Ron finalmente siguió la dirección de su mirada y frunció el ceño.
—¿Por qué Malfoy no deja de verte?
Harry casi se atraganta con el jugo.
—¿Qué?
—Te está mirando raro desde hace semanas.
Hermione levantó lentamente la vista de su libro.
—Pensé que ya lo habían notado.
Harry sintió calor en la cara.
—¿Notado qué?
Hermione lo observó como si fueran increíblemente lentos.
—Que Draco está obsesionado contigo.
Ron soltó una carcajada.
—Sí, claro.
Pero Hermione no estaba bromeando.
Y Harry, desafortunadamente…
ya no podía dejar de pensar en eso.
Más tarde esa noche, Harry salió del comedor para escapar del ruido.
Los pasillos estaban tranquilos.
Hasta que escuchó pasos detrás de él.
—Potter.
Harry sonrió apenas antes de girarse.
—Malfoy.
Draco se detuvo frente a él. El silencio entre ambos ya no tenía tensión hostil.
Ahora era algo mucho peor.
Algo suave.
Algo peligroso.
—No te ahogaste —murmuró Draco.
—¿Estás decepcionado?
—Terriblemente.
Pero había una pequeña sonrisa en sus labios.
Harry la sostuvo con la mirada más tiempo del necesario.
Draco también lo notó.
Y por primera vez… no apartó los ojos.
El pasillo estaba vacío.
Las antorchas iluminaban parcialmente el rostro de Draco, marcando sombras suaves sobre sus facciones.
Harry nunca se había detenido realmente a mirarlo antes.
No así.
Cabello rubio perfectamente peinado.
Piel pálida.
Ojos grises demasiado expresivos cuando bajaba la guardia.
Y Merlín.
Draco era absurdamente atractivo.
Harry sintió el pensamiento caerle encima como una maldición.
Porque una vez que lo pensó…
ya no pudo dejar de verlo.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó Harry finalmente.
Draco perdió parte de su expresión relajada.
Ahí estaba otra vez esa pregunta.
La única que no sabía responder.
Porque la verdad era ridícula.
Porque todo empezó con una caída de escoba y terminó convirtiéndose en esto:
esperar verlo en cada comida,
buscarlo entre los pasillos,
preocuparse cada vez que estaba herido,
sentir celos cada vez que alguien más lo hacía sonreír.
Draco tragó saliva.
—No lo sé.
Y esa honestidad golpeó a Harry más fuerte que cualquier respuesta preparada.
Un grupo de estudiantes dobló el pasillo riendo a lo lejos.
Draco dio un paso atrás inmediatamente, levantando otra vez sus muros habituales.
Harry sintió una extraña decepción.
Pero antes de irse, Draco habló otra vez.
Muy bajo.
—Por cierto… fue algo muy Potter salvar a todos allá abajo.
Harry soltó una pequeña risa.
—¿Eso era un insulto o un cumplido?
Draco caminó hacia atrás lentamente.
—Descúbrelo tú.
Y luego desapareció por el corredor.
Esa noche Harry no pudo dormir.
Porque por primera vez en su vida…
Draco Malfoy ya no se sentía como un enemigo.
Después de la segunda prueba, algo entre ellos cambió definitivamente.
Ya no eran solo encuentros accidentales.
Ahora había momentos.
Pequeños instantes robados entre clases, miradas sostenidas demasiado tiempo, conversaciones cortas en pasillos vacíos que terminaban dejando a ambos pensando el resto del día.
Y lo peor era que nadie parecía entender qué estaba pasando.
Ni siquiera ellos.
Marzo
Harry comenzó a notar patrones.
Draco aparecía cerca de la biblioteca exactamente cuando él iba a estudiar.
Se sentaba dos filas atrás en Pociones aunque normalmente prefería el frente.
Y cada vez que alguien hablaba mal de Harry por el torneo… Draco permanecía extrañamente callado.
Eso era quizá lo más inquietante de todo.
Porque Draco Malfoy siempre tenía algo cruel que decir.
Siempre.
Hasta ahora.
Una tarde lluviosa, Harry encontró a Draco solo en la lechucería.
El viento frío entraba por las ventanas abiertas mientras las aves dormían inquietas entre las vigas.
—¿Te escondes otra vez? —preguntó Harry.
Draco levantó la vista de inmediato, claramente sorprendido.
—¿Tú me seguiste, Potter?
—Tal vez.
Draco soltó una risa corta.
Harry sintió el pecho extraño otra vez.
Se estaba acostumbrando demasiado a eso.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Harry acercándose.
Draco enrolló lentamente una carta antes de guardarla en su túnica.
—Nada importante.
Harry apoyó los brazos junto a él mirando la lluvia caer sobre Hogwarts.
El silencio fue cómodo.
Peligrosamente cómodo.
—Oí que peleaste con Weasley otra vez —comentó Draco.
Harry suspiró.
—Todo está raro últimamente.
Draco lo observó de reojo.
—¿Por el torneo?
Harry dudó.
—No solo por eso.
La respuesta tenía más significado del que Draco quería analizar.
Porque algo en la voz de Harry hizo que el corazón le golpeara demasiado fuerte.
—Potter… —murmuró Draco.
Harry giró apenas hacia él.
Y ahí estuvo.
Ese momento.
Ese instante suspendido donde ninguno apartó la mirada.
La lluvia afuera.
Las lechuzas moviéndose suavemente.
El aire frío alrededor.
Harry estaba cerca.
Mucho más cerca de lo normal.
Draco podía notar pequeñas gotas de agua atrapadas en el cabello oscuro de Harry. Las pecas suaves sobre su rostro. La forma en que sus ojos verdes parecían aún más brillantes con la luz gris del cielo.
Merlín.
Draco estaba perdido.
Completamente perdido.
Entonces la puerta de la lechucería se abrió de golpe.
—¡Ah, aquí estás, Harry! —dijo Hermione entrando apresurada.
Harry y Draco se separaron tan rápido que casi fue sospechoso.
Hermione entrecerró los ojos lentamente.
Muy lentamente.
—Interrumpo algo?
—No —respondieron ambos al mismo tiempo.
Hermione claramente no les creyó.
Cuando ella salió con Harry unos minutos después, esperó hasta bajar las escaleras para hablar.
—Harry.
—¿Qué?
—Tú y Malfoy son rarísimos.
Harry casi tropezó.
—¡¿Qué significa eso?!
—Significa que pasan demasiado tiempo mirándose para dos personas que supuestamente se odian.
Harry abrió la boca.
La cerró.
Porque no tenía una respuesta.
Esa noche, Draco no pudo dormir.
Otra vez.
Estaba harto de sentirse así.
Porque se suponía que debía odiar a Harry Potter.
Eso era lo fácil.
Lo esperado.
Lo correcto.
Pero ahora Harry sonreía al verlo.
Lo buscaba en los pasillos.
Confiaba en él.
Y Draco empezaba a querer cosas imposibles.
Abril
La tensión se volvió insoportable.
En Defensa Contra las Artes Oscuras, Harry sintió la mirada de Draco durante toda la clase.
En Herbología, Draco terminó trabajando accidentalmente con él y ninguno habló normalmente durante diez minutos completos.
Y en una práctica de Pociones, sus manos se rozaron al tomar el mismo ingrediente.
Fue apenas un segundo.
Pero ambos se congelaron.
Harry levantó lentamente la vista.
Draco también.
Y el resto del salón desapareció por completo.
—Malfoy —dijo Harry en voz baja.
Draco tragó saliva.
—¿Qué?
Harry no respondió de inmediato.
Porque acababa de darse cuenta de algo terrible.
No solo le agradaba Draco.
Quería estar cerca de él.
Todo el tiempo.
Snape golpeó una mesa al fondo del salón.
—¿Van a preparar la poción o planean quedarse mirándose toda la tarde?
Las risas estallaron alrededor.
Harry se apartó inmediatamente, rojo hasta las orejas.
Pero Draco…
Draco sintió algo parecido a esperanza por primera vez en meses.
Abril — La tercera prueba se acerca
Hogwarts seguía avanzando exactamente igual que siempre.
Las clases.
Las tensiones entre casas.
Las entrevistas molestas de Rita Skeeter.
Las prácticas agotadoras para el Torneo de los Tres Magos.
Y, al mismo tiempo, algo silencioso seguía creciendo entre Harry y Draco en los espacios donde nadie más miraba.
Harry seguía teniendo pesadillas con Voldemort.
Seguía sintiendo la presión del torneo aplastándolo poco a poco.
Y aun así, había momentos donde todo parecía detenerse.
Como cuando encontraba a Draco esperándolo afuera de Pociones.
O cuando cruzaban miradas durante la cena y Draco levantaba apenas una ceja, haciendo que Harry tuviera que esconder una sonrisa.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
Entrenamientos para la tercera prueba
El laberinto empezó a construirse cerca del campo de Quidditch y todo Hogwarts hablaba de ello.
Criaturas peligrosas. Encantamientos. Maldiciones.
Harry intentaba prepararse mentalmente, aunque honestamente sentía más agotamiento que emoción.
Una tarde salió solo de la biblioteca después de estudiar hechizos defensivos hasta tarde.
Y encontró a Draco apoyado contra una armadura en el corredor.
—¿Me estás esperando? —preguntó Harry.
Draco respondió demasiado rápido.
—No.
Harry sonrió apenas.
—Claro.
Draco rodó los ojos, pero no se fue.
Eso ya decía suficiente.
Caminaron juntos en silencio por el pasillo vacío.
La luz naranja del atardecer entraba por las ventanas altas del castillo.
—Te ves cansado —murmuró Draco de pronto.
Harry soltó una risa pequeña.
—Gracias. Qué amable.
—No era un insulto esta vez.
Harry lo miró de reojo.
Y ahí estaba otra vez esa sensación rara en el pecho.
Porque Draco solo hablaba así cuando estaban solos.
Como si existieran dos versiones distintas de él.
La que el mundo conocía.
Y la que Harry estaba descubriendo lentamente.
—¿Estás nervioso por el laberinto? —preguntó Draco.
Harry dudó.
—Sí.
La sinceridad sorprendió incluso a él mismo.
Pero Draco nunca se burló.
Solo caminó un poco más cerca.
—Tú siempre sobrevives, Potter.
Harry soltó aire por la nariz.
—Eso no suena muy reconfortante.
—Es lo mejor que vas a obtener de mí.
Llegaron a una ventana abierta donde el viento fresco movía las túnicas de ambos.
Draco apoyó una mano en el borde de piedra mirando hacia los jardines.
Harry se quedó observándolo unos segundos.
Y el problema era ese:
Ahora notaba todo.
La forma elegante en que Draco se movía.
La línea de su mandíbula cuando estaba serio.
Lo diferente que era cuando dejaba de fingir.
Harry tragó saliva.
Demasiado cerca otra vez.
—¿Qué? —preguntó Draco sin mirarlo.
Harry parpadeó.
—¿Qué qué?
—Llevas un minuto observándome.
Harry sintió calor inmediato en la cara.
—No estaba—
Draco giró apenas hacia él.
Y por un segundo ambos quedaron inmóviles.
Muy cerca.
El viento entrando por la ventana.
Respiraciones mezclándose.
Harry podía contar las pestañas claras de Draco desde ahí.
Y Draco…
Draco estaba mirando la boca de Harry.
Claramente.
Pasos sonaron al final del corredor.
Ambos se separaron inmediatamente.
Cedric apareció doblando la esquina.
—Ah, Harry, te estaba buscando.
Harry retrocedió un paso demasiado rápido.
Draco bajó la expresión de inmediato, volviendo a colocarse aquella máscara fría de siempre.
Cedric miró entre ambos con ligera confusión.
—¿Interrumpo algo?
—No —dijo Draco antes que Harry—. Potter solo estaba perdido como siempre.
Ahí estaba otra vez el tono arrogante habitual.
Pero Harry ya podía notar la diferencia.
Era actuación.
Y extrañamente… eso hizo que sonriera apenas.
Mayo
El tiempo empezó a correr demasiado rápido.
Las noches eran más cálidas.
El laberinto seguía creciendo.
Y la tensión entre Harry y Draco se volvió casi insoportable.
A veces parecía que estaban a segundos de decir algo importante.
Pero nunca ocurría.
Porque siempre había alguien mirando.
O porque Draco retrocedía primero.
O porque Harry todavía no entendía exactamente qué era esto.
Entonces llegó la noche antes de la tercera prueba.
Harry no podía dormir.
Terminó caminando solo por los pasillos oscuros hasta llegar a la torre de astronomía.
Y no se sorprendió al encontrar a Draco ahí.
Como si ambos hubieran empezado a buscarse sin darse cuenta.
Draco estaba sentado sobre el borde bajo una manta negra de cielo nocturno.
—¿No puedes dormir tampoco? —preguntó Harry acercándose.
Draco negó lentamente.
El viento movía suavemente su cabello rubio.
Harry se sentó junto a él.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Abajo, Hogwarts dormía en silencio.
—Mañana será peligroso —dijo Draco en voz baja.
Harry soltó una risa suave.
—Eso lo dices como si realmente te preocupara.
Draco lo miró entonces.
Directamente.
Sin sarcasmo.
Sin máscaras.
Sin esconderse.
Y Harry sintió el corazón detenerse.
—¿Y si me preocupo?
El aire desapareció completamente entre ellos.
Harry abrió apenas los labios.
Pero antes de poder responder…
las campanas del castillo rompieron el momento.
Y Draco apartó la mirada primero.
Como siempre.
La noche antes de la tercera prueba
El sonido de las campanas aún resonaba débilmente en la torre de astronomía.
Harry seguía mirando a Draco.
Y Draco seguía evitando sus ojos.
Porque había dicho demasiado.
¿Y si me preocupo?
Merlín.
Quería lanzarse desde la torre antes que admitir algo así otra vez.
—Draco… —empezó Harry lentamente.
Draco se puso de pie de inmediato.
—No deberías confiar tanto en las personas, Potter.
Harry frunció el ceño.
—¿Qué?
Draco dudó apenas un segundo.
Su padre llevaba semanas actuando extraño. Había oído conversaciones a medias. Nombres susurrados. El regreso del Señor Oscuro. Planes que claramente lo aterraban más de lo que admitiría jamás.
Y Moody…
Algo en él estaba mal.
Draco no podía explicarlo. Solo lo sentía.
—Hay personas cerca de ti que no son quienes dicen ser —murmuró finalmente.
Harry parpadeó confundido.
—¿De qué hablas?
Draco negó con la cabeza.
—Solo… mantente alerta mañana.
—Malfoy—
—Y no vayas solo si puedes evitarlo.
Harry se levantó también.
—Estás hablando raro otra vez.
Draco soltó una pequeña risa amarga.
—Sí, bueno. Tal vez deberías empezar a escucharme más seguido.
Y antes de que Harry pudiera detenerlo, Draco se marchó escaleras abajo.
Dejándolo con una extraña sensación de inquietud en el pecho.
La tercera prueba
Todo ocurrió igual.
El laberinto.
La oscuridad.
Los hechizos.
Cedric.
La copa.
Y luego…
el cementerio.
Cuando Harry regresó con el cuerpo de Cedric, Hogwarts entero cayó en silencio.
Un silencio roto únicamente por los gritos desesperados de Amos Diggory.
Harry apenas podía respirar.
Las manos le temblaban.
La cicatriz le ardía.
Voldemort había vuelto.
Y nadie entendía realmente lo que eso significaba todavía.
Entre la multitud, Draco sintió el estómago hundirse.
Porque Harry estaba vivo.
Pero no estaba bien.
Algo en sus ojos había cambiado.
Y entonces recordó sus propias palabras en la torre.
Hay personas cerca de ti que no son quienes dicen ser.
Draco sintió frío recorrerle la espalda.
Más tarde, cuando Harry fue llevado por Moody a su despacho, todo terminó de romperse.
La confesión.
La trampa.
Barty Crouch Jr.
Harry entendió de golpe las palabras de Draco.
Y el miedo inmediatamente se convirtió en enojo.
Porque Draco sabía algo.
Tal vez no todo.
Pero algo.
Y no le dijo claramente.
Cuando finalmente salió de la oficina, agotado y destruido emocionalmente, encontró a Draco esperándolo en un corredor vacío.
Como si hubiera estado ahí mucho tiempo.
—Potter— empezó Draco.
—Tú sabías.
La voz de Harry sonó más fría de lo normal.
Draco se quedó quieto.
—No exactamente—
—¡Me advertiste!
Harry casi nunca levantaba la voz así.
Pero ahora estaba temblando.
De ira.
De miedo.
De dolor.
—¿Por qué no dijiste algo claro?
Draco apretó la mandíbula.
—Porque no tenía pruebas.
—¡Cedric murió!
El nombre golpeó el aire entre ambos.
Draco bajó ligeramente la mirada.
Harry respiraba agitadamente.
—¿Sabes qué vi allá afuera? —murmuró con rabia contenida—. Voldemort volvió. Y tú vienes aquí hablando con acertijos como si eso ayudara en algo.
Draco sintió el pecho apretarse.
Porque Harry tenía razón.
Y porque verlo así… roto… era peor de lo que imaginaba.
—Lo siento —dijo finalmente.
Harry soltó una risa vacía.
—No sé qué se supone que eres ahora, Malfoy.
Eso dolió más de lo esperado.
Mucho más.
Harry se marchó primero.
Y Draco permaneció solo en el corredor sintiendo algo horrible crecer dentro de él.
Culpa.
El funeral de Cedric
El cielo estaba gris sobre Hogwarts.
Pesado. Silencioso.
Todos vestían de negro.
Harry apenas escuchaba el discurso de Dumbledore. Sentía el cuerpo entumecido, como si todavía siguiera atrapado en el cementerio.
Entonces levantó la vista.
Y encontró a Draco observándolo desde la distancia.
No había arrogancia.
No había sarcasmo.
Solo tristeza.
Y algo más profundo.
Miedo.
Harry sostuvo la mirada unos segundos.
Recordó la advertencia en la torre.
Recordó el “mantente alerta”.
Recordó cómo Draco había parecido genuinamente preocupado.
Y eso solo hacía todo más complicado.
Porque quería estar enojado con él.
Pero una parte de Harry no podía dejar de pensar que Draco también parecía atrapado en algo mucho más grande que ambos.
Draco bajó la mirada primero.
Como siempre.
Pero esta vez Harry no dejó de observarlo.




Comments
Post a Comment